“¡Ven en mi ayuda! Sé carne y osamenta,
Sé mi forma, mis ojos, mi lengua, mis tendones.
Sé para que yo sea. ¡Sé para ser!” PAUL VALÉRY

Es fundamental la morfología en la relación óntica que establecen Platón y Aristóteles; especialmente el
segundo, como criterio de individuación. La imagen, la forma de los entes o del
cuerpo en nuestro caso: Son los límites que contienen nuestra alma en el mundo
por sí indeterminado de la materia. Es la esencia que nos individualiza y nos
define ontológicamente: Lo que somos, lo que potencialmente podemos llegar a
ser y lo que no. Por cierto, estrictamente en ese sentido, ¿no sería más
adecuado que se relacionasen los rasgos faciales con la expresión “partes íntimas” antes que con los genitales –la cara como espejo del alma-? Y preferentemente en el contexto de una cultura o educación
clásica, donde el Cosmos representa el orden humano y divino -en el espacio y
el tiempo- conquistado al Caos; pues aquí la Eugenesia tiene sentido; un cuerpo
malformado desafía y atenta a la visión de orden, armonía que pertenece al Cosmos.
Sin embargo, no es el caso de una cultura como la
cristiana; y aquí también se ve claramente, creo, la relación entre cuerpo y
Cosmos. Por un lado, en esta cultura existe una correlación entre el placer, el
pecado y los órganos genitales, que son tabú; y, por otro lado, el antiguo
sistema geocéntrico de la edad media que situaba la tierra en el centro de su
cosmovisión; y en el núcleo de ésta, el infierno. Así pues, aquella cosmovisión
situaba al infierno en el centro del universo; por lo que su vocación era
trascenderlo, aspirar a otra vida, que sólo podía ser la verdadera. Aquello se
hizo patente en la aparición de figuras como el eremita o el monje asceta que
despreciaban el cuerpo y abandonaban el mundo; de ahí también la relevancia
especial de topos como el de la
montaña, el desierto o el bosque. Espacios al margen de la civilización -imagen
del mundo- que fueron abandonados progresivamente por el hombre del gótico, del
renacimiento y, posteriormente, por el heliocentrismo que desplazó al hombre de
su lugar en el Cosmos; del cual, se podría decir, que pasó de estar-en-el-mundo
a ser-arrojado-en-el-mundo.
En esta odisea de los cuerpos en el espacio, una vez
abandonado el geocentrismo, los hombres –seres sociales y, por ende,
culturales- se han resistido a la idea de tener que abandonar “el centro” del Cosmos, es un desalojo
forzoso que no estaban dispuestos a asumir, todo lo contrario, se da entonces,
con más fuerza si cabe, la época de los –ismos
con el afán de reafirmarse con más fuerza en él. La historia de la edad moderna
es la historia de la búsqueda de su ónfalos: Es la historia del
humanismo, del antropocentrismo, el etnocentrismo... y el “Yo”
único e irrepetible -no menos histérico- del liberalismo que, siguiendo la
analogía del profesor Félix Duque,
define su individualidad como un producto único, especial e irrepetible. “Hasta el infinito y más allá”: Como el
muñeco Buzz Light Year de “Toy
Story”, héroe destinado a salvar la galaxia que se descubre a sí mismo
reproducido en serie en una fábrica de juguetes. En definitiva, Ethos y estética difundidos a través de los espacios de difusión cultural
por excelencia: Endoculturización a parte, los media y las redes sociales como forjadores de ídolos –eidos, imágenes- para la forja de
cuerpos.
Así pues, aunque no sea en el sentido estricto en el
que lo expresaron Platón y los órfico-pitagóricos (soma-sema), parece que estamos embarcados en un viaje a través del Cosmos y
nuestro cuerpo:
“¿Por qué no habría de llevarse un diario del cuerpo?
¿Osaría escribir "mi cuerpo"? ¿Todo lo que sé de él? No de mi cuerpo, el
de los médicos, sino del que yo conozco. No sé nada más allá de él. Él es mi
ciencia y, según creo, el límite de toda ciencia…”