“La razón del acontecer nos sumerge en el abismo ontológico de una realidad humana, fuente no sólo de sus actos, sino de sus posibilidades mismas”
Xavier Zubiri
Lo fronterizo es siempre aquello
que delimita lo que está dentro de algo frente aquello otro que no lo
está. Así pues, ésta pretende ser una de
las posibles aproximaciones a los márgenes (o marginalidades) que delimitan el
arte; es decir, a aquello que por su contexto temporal entra en constante diálogo consigo mismo así
como con el entorno en el que se circunscribe (y opone): La historia y el
contexto social.
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El tiempo es arte |
Siguiendo
esta línea de aproximación, podemos entender el tiempo como generador de
estructuras (esencias) que conforman la propia definición de arte; de lo cual,
creo, que se pueden inferir las siguientes conclusiones: La primera es que el
tiempo y el arte se retroalimentan; pues los nuevos tiempos generan nuevas
expresiones artísticas (descomponiendo y formando, a su vez, nuevos márgenes, nuevas estructuras); y, la segunda, que el
arte es susceptible de generar, a la inversa, nuevos valores y nuevos tiempos
en su diálogo permanente con el espíritu de la historia. Escribe Felipe
Martínez Marzoa, al respecto, en “La
soledad y el círculo”:
“Es irrelevante el que un lingüista se considere o no “estructuralista”, pues, en cualquier caso, sin la ruptura estructural o reducción estructural no pueden reconocerse entidades, ya que las variantes materiales, físicas, “reales” en sentido trivial, son por definición infinitas, que es lo mismo que no sean ninguna”

Como
actividad humana es, por lo tanto, propio de la esencia del arte –o de su
estructura- darse en el tiempo -en un tiempo-; y ser, a su vez, en su
marginalidad, intempestivo. Parece, por lo tanto, que no puede haber creación
artística sin una reformulación o cuestionamiento constante de “lo común o socialmente establecido”. Lo
cual, a su vez, entra en contradicción con aquello que es propio y define a la
vida en comunidad: A saber, poner en sincronía, en mayor o menor grado, el
tiempo de cada ser con respecto al de los demás. Precisamente, en las sociedades
totalitarias, allí donde se observa una mayor resistencia y oposición a nuevos
planteamientos artísticos (o filosóficos), es donde existe una mayor voluntad
de poner esos tiempos en sincronía anulando, así, el tiempo del sujeto, de la
persona singular, al ritmo -entre otros- del paso de la
oca.
Y ahora que
empezamos a otear lo esenciable de sus márgenes, podemos preguntarnos: ¿Cabe la
posibilidad de trascender ese diálogo? ¿Es posible un arte en el que
desaparezca “la mirada” del artista?
Tal vez sea cierto que, de un modo radical, sea propio de su naturaleza el
acontecer sin propósito alguno. De ser así, tal vez, también le sea propio el
coqueteo constante con la figura del idiota: El ángel, a priori, sin mensaje.
De ahí la inevitable perplejidad ante cualquier intento de establecer una
definición que pueda abarcar o fijar los márgenes y su estructura; ya que el
arte situado en la marginalidad es –todavía- para la sociedad, un ángel
intempestivo que tiene puesta su mirada en lo venidero y lo que está por
trascender.
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