Supongo que nuestra formación filosófica y en humanidades hacían inevitable ese nombre. En efecto, lo hacían inevitable, pero con algún matiz.

Así pues, como iba diciendo, el Zeus griego pasó a ser el Júpiter romano, Poseidón pasó a ser Neptuno y... Atenea pasó a ser Minerva. Y, siendo Atenea la diosa de la sabiduría y Grecia la cuna de la filosofía y, por ende, del pensamiento occidental, se hace evidente que nuestra primera opción hubiese sido Atenea; y no Minerva. Pero dada la cercanía al topónimo, pensamos que ese nombre podía inducir a error y optamos finalmente por el nombre de Minerva.
También nos gustaría confesar que hay otro motivo que tiene mucho peso en nosotros para que finalmente hayamos optado por Minerva. Es el aforismo de Hegel que dice que la filosofía, al igual que la lechuza -el ave de Minerva- alza el vuelo al atardecer. Personalmente, siempre he interpretado esta frase en el sentido de que es en tiempos oscuros, de indigencia del pensamiento por expresarlo heidegerianamente, cuando brota y se hace patente la necesidad de afirmar el pensamiento y la palabra; como aquello que realmente nos aporta sentido y dignidad y nos trasciende. O como dijo Hölderlin, el antiguo compañero de Hegel en Tubingia: "Allí donde mora el mayor peligro, mora también la mayor salvación".
Sea pues Minerva un espacio que, al declinar las horas del día, de algún modo sirva para invitar al desarrollo y al pensamiento y que nuestra labor sea digna de ese nombre.
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