“Si echando mano de una explicación simplista hacemos pasar a la nada por lo meramente nulo y de este modo la equiparamos a lo carente de esencia, estaremos renunciando demasiado deprisa al pensar. En lugar de abandonarnos a la precipitación de semejante ingeniosidad vacía y de despreciar la misteriosa pluralidad de sentidos de la nada, lo que debemos hacer es armarnos y prepararnos para experimentar en la nada la amplitud de aquello que le ofrece a cada ente la garantía de ser”.

“El caballo de Turín” hace referencia al episodio
en el que Nietzsche se abrazó a un caballo que estaba siendo azotado por su
cochero. Es sabido que después de eso, Nietzsche terminó derrumbándose en el
silencio y la locura; fue su muerte como pensador. No obstante, no es una
película sobre Nietzsche o, mejor dicho, no es un biopic; pues
en el tratamiento que hace Bela Tarr sobre el nihilismo o la muerte de Dios,
está muy presente el pensamiento de Nietzsche. En el páramo yermo que rodea la
casa del cochero, en el que sólo se sostiene un árbol caduco, recuerda el
aforismo de Nietzsche en relación al nihilismo: “El desierto avanza”. Así, pues,
la película gira en torno al caballo, el cochero, su hija y el casi omnipresente
viento. Si el cochero es un hombre en el que han muerto los valores, el viento
es el emisario y portador de la nada y de su enigma: ¿La nada surge de la
negación o la negación surge de la nada?
La música es inquietante, monótona y está al
servicio de la desolación, del abismo que se va abriendo a lo largo del
metraje, del ser que se desvanece y retorna a la nada. Nada y angustia que
precede a la nada es la escena del último trago de aguardiente; es lo único que queda al
final de la película, la esencia de la Nada. En cuanto a la técnica, los encuadres son totalmente
efectivos; parecen estar al servicio del logos más que de la lógica de la
técnica cinematográfica. En ese sentido, Bela Tarr avisa y es muy explícito con respecto a su trabajo: “Yo no
hago televisión”.
Todo en el film tiende hacia su decadencia, hacia su irremisible desaparición. El caballo se niega a comer; ha perdido la voluntad de vivir. El agua del pozo se seca, al igual que el sentido de solidaridad y hospitalidad del cochero. También desaparece la lumbre, al final del metraje todo es oscuridad; no queda ni la canción de la nada, pues se ha hecho el silencio en las termitas.
Así pues, ¿qué hay de la vieja idea “Ex nihilo nihil fit”: De la nada surge nada o de la nada la nada surge? Y la respuesta reverbera en la película, como en el tratado de Heidegger, con las antiguas palabras de Sófocles en su "Edipo en Colono":
“Pero dejadlo ya, y no volváis más
a partir de ahora
A despertar el lamento;
Pues, en efecto, en todas partes
lo acontecido
Tiene ya guardado en sí una
decisión de consumación”.